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miércoles, 17 de febrero de 2016

AMOR ATEMPORAL. Recuerdos.

Nada como el recuerdo del primer amor, de juventud o niñez —qué más da, amor al fin y al cabo—, aún sigo recordándola pasados los años. Aquel sentimiento quedó  impreso en mí para siempre, en mi alma, en mi corazón y todo mi ser. Quedó grabado en el cielo, dónde sólo nosotros podemos leerlo a día de hoy.
Es la añoranza de lo que fue, de lo que pudo haber sido y de lo que nunca ocurrió. Ese recuerdo me trasmite paz, serenidad y alegría; sobre todo cuando vuela sobre mis pensamientos más profundos dentro de mi cabeza. Viaja por ellos, libre, sereno y en armonía consigo mismo, es un recuerdo de algo tan especial; atemporal pase el tiempo que pase, porque sé que sigue ahí —y quiero que siga estando—. Y así será, hasta que el final de ambos llegue sin remedio. Hasta entonces, cada día sigo leyendo en el cielo su nombre, con la esperanza de que esa línea roja que une nuestro ser común, algún día sea tan corta que con sólo alargar un brazo, pueda tocarla con mi mano, cogerla entre mis brazos y susurrarle al oído…

martes, 16 de febrero de 2016

LA CAJA DE PANDORA ¿CÓMO Y PORQUÉ?

Al utilizar la famosa frase de "abrir la caja de Pandora" nos referimos a vamos ha hacer, o decir, algo que tendrá múltiples consecuencias, y casi ninguna buena. En la mitología griega, Pandora es la primera mujer de la Tierra. Cada uno de los dioses le otorgó un don, por lo que su nombre significa "todo-don". Pero la creación de Pandora, fue la venganza de Zeus contra los hombres por la traición de Prometeo al robar el fuego sagrado y entregarlo a los mortales. 
Pandora llevaba consigo una caja en la que los dioses introdujeron todos los males de la Tierra. Nuestra protagonista sucumbió ante la tentación de ver qué había en el interior de la caja, la curiosidad pudo más que su voluntad, y así, con esta fatalidad perpetrada por una mujer, los males se extendieron por todo el mundo conocido. Es sin duda el origen de  enfermedades y demás calamidades que sufre el ser humano. Pandora, asustada, cerró rápidamente la caja, pero en su interior sólo quedaba la esperanza, quizá justo lo que debía estar fuera.
Según este mito, a los humanos sólo nos queda la esperanza de superar con esfuerzo todos los males que nos aquejan, hacerlos volver a la caja y cerrarla con siete llaves, y Yo
tengo una ¿cuantas tienes tú?

Fuente: Muy Historia.

lunes, 15 de febrero de 2016

EL BARCO DE PAPEL. Micro-relato.


Mayo, 1976.
 -Buenas noches -.
-¡Abuelo! Ya estás aquí, cómo te quiero-.
-Lo sé,  por eso vengo -.
-Abuelo, haz algo increíble-.
-¿Cómo qué?-.
-No se-.
-¿Sabes que es la papiroflexia?-.
-No -.
-El arte de hacer  figuras con papel-.
Sacó del bolsillo papel de periódico de ese día e hizo un barco,  y lo puso sobre la mesita de noche.
-¿Ves? Un barco-.
-¡Precioso abuelo! ¿Es para mí?-.
-Tuyo para siempre-.
-Gracias, siempre lo conservaré-.
Amanecía en ese momento, entraba la madre en la habitación.
-Despierta Rubén,  hora de levantarse-.
Somnoliento se incorporó, vio una barco en su mesita, no se sorprendió, pero sí su madre.
-¿Quién lo hizo?-.
-El abuelo, con el periódico de hoy-.
-Cariño, sabes que el abuelo murió hace años-.
-Lo sé-.
La madre perpleja  miró el papel de periódico del barco, y pudo leer “28 de Abril de 1968”.
-¿Periódico de hoy?-.
-Eso dijo-.

domingo, 14 de febrero de 2016

MARATÓN ¿FILÍPIDES, THERSIPPUS O EUKLES?

El mito dice que el nombre Maratón proviene de la leyenda de Filípides, un mensajero griego, que habría sido enviado desde Maratón a Atenas para anunciar la victoria de su ejército frente a los persas en la Batalla de Maratón (490 A.C).
La distancia que existe entre Maratón y Atenas, es de aproximadamente 40 kilómetros y este mensajero debió recorrerla velozmente, ya que si no llegaba a tiempo, los atenienses iban a quemar la ciudad y matar a los niños ante la creencia de haber sido derrotados en la Batalla.
Afortunadamente, Filípides habría logrado la hazaña,  y tras correr los 40 kilómetros con sus últimas fuerzas, se habría desplomado frente a Atenas ante el grito de "nenikhamen" o "nike", que significa hemos vencido”.
Sin embargo, aunque la leyenda es muy bonita,  existen algunos debates sobre la precisión de estos hechos, ya que existirían registros de que Filípides habría corrido,  antes de la Batalla de Maratón, desde Atenas hasta Esparta (aprox. 240 km) a fin de solicitar refuerzos y luego volvió.
Heródoto escribió que Filípides recorrió los 246 km que separaban a Atenas de Esparta en 2 días. Lo escribió 30 a 40 años después por lo que es bastante probable que  sea una figura histórica. Pero el primer relato escrito conocido sobre una carrera de Maratón a Atenas es del escritor griego Plutarco (46-120), en su ensayo "A la gloria de Atenas", donde atribuye la carrera a un heraldo llamado Thersippus o Eukles, no Filípides. Luciano, un siglo después, lo atribuye a Filípides. Parece probable que, en los 500 años transcurridos desde la época de Heródoto a la de Plutarco, se haya confundido la historia de Filípides con la de la Batalla de Maratón, y que algún escritor imaginativo haya inventado la historia de la carrera de Maratón a Atenas. Al parecer Filípides no hizo el recorrido Maratón-Atenas (42 km) pero seguramente si hizo la de Atenas-Esparta (246 km).
Algunos creen que sólo por Filípides el maratón recibió su nombre, pero eso podría ser incorrecto, ya que en general los soldados griegos eran excelentes corredores y tras la batalla de Maratón todo el ejército ateniense debió correr la distancia Maratón-Atenas para llegar a la costa de su indefensa ciudad antes que los barcos persas. Cuando los persas llegaron no podían creer la increíble fortaleza de estos soldados y abandonaron sus intentos de conquista. Así pues, la proeza de la carrera de Maratón a Atenas debería atribuirse antes al atlético ejército ateniense que corrió a toda prisa, para defender su distante ciudad que a un Filípides que posiblemente no estuvo allí; y si estuvo, corrió junto con los demás.

Fuentes: Wikipedia y varios.

sábado, 13 de febrero de 2016

SUGESTIÓN, ARMA MORTAL. Relato corto.

En la soledad de la noche deambulaba de regreso a casa. La humedad le calaba hasta los huesos, el frío invernal no era el acostumbrado para aquella época, ese año estaba siendo más crudo que los anteriores.
Volvía a casa por el paseo marítimo como cada noche, junto a la playa, tan poco transitada a aquellas horas tan intempestivas. La pobre luz de las farolas le marcaban el camino pobremente, pues entre las que no funcionaban y las que lo hacían, había zonas de penumbra que para algunos parecerían un país entero.
Con su mano izquierda en el bolsillo de su abrigo, y en la otra un casi consumido cigarrillo; andaba cabizbajo, mirando al suelo entre calada y calada.
Paró de golpe, dio la última chupada a la colilla que entre los dedos tenía al tiempo que la llama le iluminaba pobremente la cara; se la quitó de los labios y la tiró hacia la playa mirando como el recorrido parabólico de aquella pequeña llama se iba apagando mientras se perdía en la oscuridad. Miró en derredor, no vio nada.
Se echo las manos al cuello de aquel raído abrigo, que durante tantos años le acompañó, y lo subió, se caló aún más el sombrero y pensó: «Qué frío hace esta jodida noche, y encima me dejé los guantes y la bufanda». Siguió su camino.
No tardó mucho en encontrarse a pocos metros de él con un muchacho joven, que parecía alterado, y curiosamente iba ataviado con un chándal, poco abrigo para una noche como aquella.
Justo al cruzarse con él, con la rapidez del rayo éste le sacó una pistola y se la apoyó en el estómago.
—¡Dame todo lo que lleves, tronco, o te abraso aquí mismo! ¡Pero ya!
Sorprendidos pero nunca asustados, unos ojos profundos miraron a aquel muchacho; con la serenidad de saber hacer lo debido—que no lo correcto —en cualquier situación en la vida.
—Oye chaval…  ¿sabe tu madre que estás a estas horas por la calle? … y encima con una “pipa”.
—¡Cierra la puta boca mamón! y dame la pasta y todo lo que lleves… el reloj, la cartera…
Con la pistola le empujaba en el estómago repetidas veces, con nerviosismo, como el que no está en condiciones por lo que está haciendo.
—Tranquilo chaval, aparta esa “pipa” de mí, no vaya a ser que se dispare y la tengamos.
—¡Pero venga, tío, que me pongo nervioso! ¡Suelta la “tela” ya de una puta vez!
—Mira… no llevo reloj, nI cartera, ni nada de valor ¿qué quieres de mí?
—¡Joder con el “carroza” de mierda este! Algo llevarás que valga… mierda.
—Quizá un buen consejo.
—¡Vete a la puta mierda! ¡No llevas nada de valor y encima me sermoneas!
—Seguro que lo que te quiero decir es más valioso de lo que pudieras pensar.
El joven cansado de aquella absurda situación, a la par que poco beneficiosa por lo que estaba viendo, miró a su alrededor, y cambió la pistola de sitio. Le apuntó directamente a la cabeza.
—¡Me tienes hasta las putos huevos! ¡Dame algo o te pego un tiro ya mismo! Tú eliges…
—Vas drogado, y no ves con la lucidez necesaria… baja esa pistola, por favor.
—¡Calla, puto viejo de mierda!—volvía a gritar mientras seguía apuntando con mano temblorosa a la cabeza.
—¿Tan “colocado” vas… que no reconoces ni a tu propio padre? … hijo mío.
Dando un salto hacia atrás, como si de un resorte se tratara, retrocedió el joven, pero sin llagar a bajar el arma. Seguía apuntándole.
—¿”Viejo”?
—Vuelve a casa, tu madre y yo te acogeremos con los brazos abiertos, por favor.
La confusión se hizo en su cabeza, «he estado a punto de matar a mi propio “viejo”, coño».
Había un metro de distancia entre ellos, el hombre del abrigo inició un acercamiento, pero el joven lo paró en seco.
—Quieto ahí, no te muevas, no te acerques más a mí.
—Hijo, yo…
—Calla, no digas nada.
—Mírame.
—No puedo, joder… no puedo.
—Dame la pistola y regresemos a casa esta noche, ya hablaremos mañana, te lo ruego hijo mío.
El joven seguía en un mar de dudas, bajó el arma, de manera que ya no apuntaba a su padre. Movía la cabeza de lado a lado, como negando o maldiciendo. Miró al mar, después al hombre que tenía enfrete, y sin pensarlo más le dijo:
—Nos os merecéis un hijo así.

Se metió el cañón de la pistola en la boca y disparó.
Se hizo el silencio tras el estallido del disparo, nada ni nadie acudió al lugar. Tras unos instantes, estando el cuerpo inerte del joven, con los sesos desparramados y toda la acera manchada de sangre y masa encefálica, el hombre del abrigo escupió al cadáver.
—Te has lucido, capullo...YO NO SOY TU PADRE, tan "colocado" ibas que no reconocerías ni a tu propio padre. Y se alejó riéndose.


Santiago R. Hernández Sáez.

martes, 9 de febrero de 2016

TARTÁN Y LA MANCEBA (II). Relato corto.

Otra vez al acecho estaba Tartán, que con el ojo puesto en cierta manceba, andaba el muy gañan. Tan obsesionado estaba, que hasta tregua dio a la que le esperaba acostada, en cueros, y prestos los dineros.
Preciosa de verdad, de voluptuosos pechos, que siempre derechos, desafiaban la gravedad; preciosa retaguardia donde la espalda el nombre perdía, pues con gran maestría lo movía la muy jodía.
Seguíala a todas partes, aunque sin que ella lo notara, y sin ocultarse, aunque a todas horas la mirara.
«Par diez, que bella muchacha es, toda ella,  me la comería desde la cabeza a los pies».
Trabaja ésta en la botica de Doña Inés, haciendo las veces de manceba, otras de recadera; desde la Ballesta a Lavapiés.
Llevando remedios y fórmulas magistrales a clientes para sus desmanes, pues especializada era Doña Inés en la gonorrea y ladillas en pararle los pies.
De los pecados de caballeros y señores se ocupaba esta botica, curando el mal que tanto pica, y que agradecidos al curar, a Doña Inés religiosamente debían pagar.
En uno de estos recados andaba ella, cuando al paso le salió nuestro hombre, preguntando a aquella doncella cual era su nombre.
Ella no respondió, no sabía si por no
oírlo o por omisión.
—Bella manceba y lozana muchacha veo ¿Dónde os dirigís con esos contoneos?
—¿Qué os importa a vos, señor? Voy donde quiero, apartad de mi camino, y por Dios, contenéos.
—¿Qué decís mi bella señora? No quisiera importunaros, sólo que ante tanta belleza sorprendido he quedado y  he querido comunicaros.
—Apartad de mi camino, sinvergüenza y vivaz, que sé quien sois, el de los cuadros verdes llamado Tartán, que sin remedio, sólo quiere con su espada singular, a las mujeres ensartar, para poder vivir del cuento y gandulear, que yo no pienso vuestra bolsa llenar y menos con vos folgar, pues virgen y casta soy hasta el día que a mi santo marido me haya de entregar.
Rio de lo lindo Tartán, por la ocurrencia de aquella a la que se quería beneficiar. Parecía tonta la manceba, se la tenía que trabajar. Pondría su gracia al servicio de la ocasión, pues ante tanto litigio, se jugaba su prestigio. 
Nunca a ninguna presa dejó escapar, sin con ella dejar de gozar y  folgar, aunque sólo en una ocasión, en la que por pies tuvo que escapar, pues no resultó doncella ni mujer, sino  sarasa y bujarrón, y que si se descuida la retaguardia…  le desgracia aquel maricón.
—Tenéos señora, que nada malo quiero con vos, tan sólo pasar un rato placentero, a poder ser,  en un colchón.
—¡Puto y Majadero! ¿Quién os creéis que soís vos? Asaltar a sí con ese descaro a una muchacha como yo,  temerosa de Dios.
—Puto no digo que no, pero majadero nunca, por mi pija y mi honor, os lo juro mi señora, que tengo pundonor.
—Está bien señor, quitad de mi vista, ya está bien por hoy, tengo recados que hacer, y me estorbáis vos.
Y acelerando el paso se machó, acentuando sus contoneos para joder más a aquel santo varón.
Tartán se quedó mirando perplejo los movimientos que bajo aquella falda se podía imaginar, maldiciendo su suerte porque aquellas nalgas, las veía escapar.
Ella, sin ofensa alguna, y ávida gozo interior por  haber llamado la atención de tan famoso galán, su mente dejo empezar a soñar.
«¿Sería tan extraordinario amante como las damas le solían contar?».
Un escalofrío le recorrió el cuerpo y también una parte muy íntima y especial, si aquello era cierto, tenía la oportunidad, de disfrutar de aquel que decían tenía magia en las manos y una espada sin igual.
Tartán a lo lejos seguíala con la mirada, y sin observar que por la espalda un hombre se le acercaba, que ya junto a él, le susurraba.
—Ojo Tartán, hija de diestro carnicero es la manceba, experto en cortar y filetear, ándate con ojo pues tus atributos te puede costar.
—¡Qué decís, necio! No ha nacido hombre que a Tartán de los cuadros verdes pueda atrapar.
—No me refería a atrapar, en este caso quizá sería mejor haber dicho… capar.
Lo miró Tartán alarmado, echándose instintivamente la mano a la entre pierna, pensando: «Esta jodienda no tiene enmienda».
—Par diez, cuan negro me lo ponéis amigo, acongojado me dejáis, pues eso no quiero.
—Vos veréis, yo sólo como amigo os advierto, que hija de carnicero es, de afilados cuchillos y aceros, que en la plaza Mayor mata y vende, tanto bueyes como corderos, y si como ellos no queréis colgar, dejad a esa manceba en paz.
Quedose pensativo Tartán, la muchacha merecía la pena, era una pieza singular, pero alto precio podía pagar, si  su carnicero padre lo llegaba a trincar.
—Buen día tengáis Tartán, que tras avisaros debo, seguir con la tarea sin más tardar.
—Un momento amigo mío ¿porqué si el padre tiene negocio la hija sirve a otro?
—Eso es algo que deberéis descubrir vos sólo, pues por malas leguas es sabido que el negocio de la carne se le da bien a la manceba, pero no el de cortar, sino en otro sentido, digamos… un tanto más espiritual.
—No os llego a entender, decidme qué es pues.
—Con Dios Tartán, hay queda vuestro negocio, buscaros la vida y no errad, pues con los huevos colgados en la plaza podéis quedar, que seguro que a buen precio quedan, pues han sido tantos  los burlados que de vos se quieren vengar, que sólo por darse el placer, se pelearían por comprar.. vuestros huevos y no más.
Se fue este hombre a sus quehaceres, Tartán pensativo, preocupado y más aún intrigado tomó este asunto como prioridad, descubrir los negocios de la manceba, yacer con ella, y sin arriesgar a tener sus atributos colgados de la plaza Mayor, y que en una cuerda pudieran quedar.
A diario la seguía, siempre con la misma murga, ella siempre sonriente, le seguía la corriente, parecía que aquello no era capricho, sino obsesión, hasta que no la hiciera suya, no estaría en ningún otro colchón; para enfado de otras damas, que al saber de esto, quedaban cada noche haciendo el puesto, por si cambiaba de opinión y de lecho. Eso sí, los dineros siempre prestos.
Día especial amaneció, al menos esa era la impresión, pues más guapa de lo habitual se puso aquella jornada matinal.
—Buen día, mi hermosa princesa ¿será hoy el día que de vuestra singular figura haga presa?
—Oh Tartán, siempre igual, quizá pronto la podáis gozar.
—Esta noche propicia es, aprovechémosla pues ¿a qué más esperar? Se trata de gozar, tanto por delante como por.... ¿detrás?
—Sea, Tartán, ganado lo tenéis, vuestra seré esta noche si así lo queréis, por vuestra perseverancia y pasión con que me habéis tratado en cada ocasión.
—Lleno de alegría esta mi corazón, bella mía, al fin llegó el tan esperado día, de poder disfrutar de vuestros atributos humanos, al fin en mis manos.
—En la calle del Arcabúz , sobre un tejado de pizarra, hay una verde ventana, que estará abierta esperando vuestra llegada, cuando las campanas den las doce, allí estaré esperándoos, con anhelo y desvelo a que hagáis de mi la más feliz de la villa, aunque sea por una sola noche, será una maravilla.
Llegó la noche, la hora y la ventana, introdújose por ella como habitualmente solía hacer, encontrándose a la manceba como su madre la trajo al mundo, sobre una cama y a la espera de algo largo y profundo.
Sin mediar palabra al tajo se puso, con ardiente pasión, y cargado de amor, pues en abstinencia estaba hasta conseguir aquel encuentro; y al fin llegó tan ansiado momento.
Folgaron mucho, más y mejor. Aquello no era lujuria, era como si la vida se les fuera a ambos, como si el fin del mundo llagara al alba y nada quedara por hacer, sólo yacer.
Hasta que amaneció, y al despertar solo quedaba ella en el lecho, un cuerpo de mujer más que satisfecho,  dormida aún tras la intensa noche acaecida, con una sonrisa en la boca y a besos comida, por aquel de los cuadros verdes llamado tartán, había estado con ella empleando todo su afán.
Tartán en su morada descansaba de tan activa folgada, exhausto estaba mientras al techo miraba y a sospechar empezaba de una mala jugada.
Rascándose intimas partes pasó la mañana, pues aquello picaba con mala saña. Pensó que a la botica de doña Inés tendría que acudir, a buscar remedio pues.
A ella llegó en poco, pues aquel picor le producía en sus íntimas partes gran
alboroto. Entró decido, y tras preguntar por doña Inés y sus especial cura, vio a la manceba riendo con esta, y ya no le quedó ninguna duda.
—¡Malditas seáis, brujas del demonio! jauría de ladillas me invaden, os juro como que hay Dios, que me las pagaréis, y no una, si no las dos.
Boticaria y manceba reían a más no poder, hasta el famoso Tartán en sus redes hubo de caer.
Negocio bien montado por las dos, alimentado por hombres necios,  tontos y sin corazón, que con la verga piensan siempre sin razón, pagaban por la fornicación con la manceba y después a doña Inés, por la picazón.
El burlador y folgador, burlado, también folgado e infectado de aquel picor, que en forma de ejército de ladillas se lo comían, tuvo que rendirse ante  aquellos remedios, que en forma de polvos en sus partes se tenía que aplicar, sin otra opción si no quería dejarse de rascar. Malditas aquellas mujeres se repetía Tartán sin cesar, aunque de allí no se fue sin los polvos, y mucho menos, sin pagar.

Santiago R. Hernández Sáez.

lunes, 8 de febrero de 2016

UN WHATSAPP DESDE ULTRATUMBA. EL PAPA SILVESTRE II.

Silvestre II ha pasado a la historia como un papa científico, filósofo, inventor y erudito.
Durante su pontificado se le atribuían varios mitos y leyendas, entre las que destacan la de tener un pacto con el mismísimo Diablo, o la de inspirarse en libros herejes para la realización de sus inventos, como podían ser: astrolabios, relojes de aguja o ábacos.
Pero lo más curioso a día de hoy, es otra leyenda, que dice que cuando se acerca la muerte del papa, la tumba del papa Silvestre II, que vivió el fin del primer milenio, exuda más humedad de la habitual, lo que supone un indicio claro del fin del papado en curso.
Silvestre II está enterrado en la basílica de San Juan de Letrán.  Su pontificado duró poco, entre el año 999 y el 1003. Fue el primer francés en ser elegido para el cargo y, además parece ser que era un hombre sabio y preparado. Según la leyenda, de su tumba comienza a manar agua cuando la muerte de un papa está cercana. Walter Map, en el siglo XII, escribió que se podía ver un río de agua de la lápida hasta la tierra como claro presagio del fallecimiento. Pero no es este el único texto que recoge el hecho, sino que también lo podemos ver en otros textos de aquella época escritos por Guillermo Godell o Martino Polono. Algunas crónicas narran cómo la basílica de San Juan de Letrán se llenaba de barro por la cantidad de humedad que surge del sepulcro del papa en esos días previos al fin de un pontífice.
Y no es esto todo, ya que según parece, la lápida también suda cuando la muerte de algún cardenal u hombre principal está cerca, pero lo hace en mucha menor medida que cuando el sentenciado es un papa. 
Como final poético, podríamos decir que la tumba del papa Silvestre II llora la muerte de un papa antes incluso de que esta ocurra, como si mandara un whatsapp desde ultratumba anunciando cambios y muertes. Estoy seguro que en algunos círculos de las más altas esferas eclesiásticas, cuando la tumba empieza a sudar, éstos se acojonan.

Fuente: Curistoria. El cónclave, de Alfredo Urdaci
Fuente de la imagen: Wikipedia