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domingo, 18 de junio de 2017

¿POR QUÉ LOS PILOTOS DE LA LUFTWAFFE LLEVABAN CHOCOLATE SCHO-KA-KOLA?

Scho-ka-kola era una marca alemana de chocolates creada en 1935 por el chocolatero berlinés Theodor Hildebrand. Era un chocolate negro de sabor agridulce y en cuya elaboración se utilizaba cacao, café y nuez de cola (el fruto de un árbol tropical del mismo nombre con un elevado contenido en cafeína), y que se comercializaba en tabletas redondas divididas en ochos porciones dentro de una lata roja y blanca. La presentación oficial de Scho-ka-kola se hizo en los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín como un producto que aportaba energía a los deportistas.
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial el Scho-ka-kola comenzó a distribuirse entre los pilotos de la Luftwaffe y entre ellos se conocía como Fliegerschokolade (chocolate de los aviadores). De todos es conocido el aporte energético del chocolate, pero si en la elaboración se incluyen el café y la nuez de cola el resultado final es un producto estimulante, que aumenta la capacidad de concentración y disminuye la sensación de hambre y fatiga… ideal para que los pilotos alemanes se mantuviesen despiertos y alerta en vuelos nocturnos y prolongados. Por lo menos, más natural que el Pervitin y la Metedrina, metanfetaminas, similares al speed, que tomaban las fuerzas terrestres alemanas y la RAF (Fuerzas Aéreas Británicas) respectivamente.

A fecha de hoy todavía se sigue comercializando este chocolate, en el mismo formato y con alguna pequeña modificación en la elaboración, y se ha añadido una nueva variedad en caja azul y blanca, el chocolate con leche.

Fuente: Historias de la historia. Javier Sanz.

domingo, 4 de junio de 2017

ORIGEN DEL TÍO SAM. USA.

Resultado de imagen de imagen tio sam¿De dónde viene este símbolo nacional de Estados Unidos? Un anciano vestido con los colores estadounidenses señala desde el cartel. Muchos piensan que es un presidente, como Abraham Lincoln o una versión barbuda de George Washington, pero la realidad es que se trata de un carnicero. El origen de esta imagen es uncle Samuel Wilson, un comerciante de carnes que suministraba al Ejercito de EEUU durante la guerra de 1812. El 15 de septiembre el tío Sam cumple 49 años como símbolo oficial de los EEUU.

Cuando el gobernador de Nueva York, Daniel D. Tompkins, visitaba la planta de Wilson, observó que los barriles de carne que esperaban ser despachados llevaban impresas las marcas “EA-US” en grandes letras. El gobernador preguntó: "¿Qué representan las iniciales?". Uno de los mozos respondió que estos barriles iban dirigidos a un contratista llamado Elbert Anderson, y en tono de broma añadió que US significaba uncle Sam (tío Sam) Wilson. Los hambrientos soldados acogieron esta familiar forma de referirse a las siglas que marcaban esos barriles tan esperados y al responsable de que les llegasen. Samuel Wilson sería desde entonces su tío Sam.

Tanto fue el éxito de este alias, que medio siglo después, este carnicero fue reconocido oficialmente por el gobierno de EEUU como el prototipo del Tío Sam. Tuvo que esperar hasta 1961 para convertirse en emblema oficial de su país cuando el Congreso estadounidense aprobó una resolución que lo declaró "representante del símbolo nacional de Estados Unidos". El famoso cartel con el hombre de labios apretados y mirada inquisidora no llegó hasta mucho después, y fue utilizado con mucho éxito para reclutar soldados para varias guerras. Bajo el anciano “carnicero” se incluyó en letras grandes: I want you for the US Army (Te quiero para el ejército de los EEUU).

jueves, 1 de junio de 2017

¿ALGUNA NOVEDAD DE JULIO VERNE? RELATO CORTO.

La luz del medio día atravesaba las lamas de las cortinas de los grandes ventanales, haciendo que las pequeñas partículas de polvo en suspensión brillaran como si de diminutas estrellas de la tarde se trataran.
   Faltaba ya menos para el medio día, hora a la que se daba el cierre a la biblioteca municipal. Allí se encontraba Pepe, el encargado y custodio del saber en aquella localidad desde hacía muchos años, la gestionaba desde tiempos inmemorables.
Cada día a esa misma hora, hacía su presencia Juan, un asiduo casi fijo a aquellas dependencias municipales tras la salida del colegio. Su entrada, a la par que curiosa, era siempre peculiar; cosa que hacía gracia a Pepe el bibliotecario, y más por parte de aquel chaval de 12 años.
   —Buenos días tenga Sr. Pepe… ¿alguna novedad de Julio Verne? —decía con una sonrisa en la boca Juan.
   —Buenos días Juanito, tú como siempre graciosillo —contestaba Pepe con un movimiento de cabeza— «Este zagalico siempre igual…».
   Sin demora, ante la mirada atenta de Pepe, Juan accedía a la sección donde tantas horas había pasado y, hasta vivido sus aventuras; embebido entre los atemporales y magníficos textos de julio Verne, Emilio Salgari o Stevenson; autores que entre otros, han llenado de vida y pasión las almas y espíritus de tantos aventureros y viajeros con el solo hecho de atreverse a abrir alguna página de sus obras.
   Pepe, recostado en su sillón tras el mostrador en la entrada de acceso al local, subió sus pequeñas lentes sobre su nariz con el dedo índice, seguía leyendo; era su pasión. Tenía el trabajo perfecto, el tiempo necesario y todo el material para sus lecturas. Aquella biblioteca era su pequeña y particular Ítaca… ¡qué más hubiera querido el mismísimo Ulises!
   Juan, por su parte estuvo un buen rato buscando por las estanterías, perdido. Lo había leído casi todo en la sección juvenil y, ya era hora de ir pasando a unas lecturas un tanto más serias. Pepe se percató de que tardaba más de lo normal en encontrar algo que le interesara y, tomó una decisión que afectaría a los dos para el resto de sus vidas, aunque ninguno de los dos era consciente en ese momento.
   Se levantó en silencio y con cuidado se quitó las gafas que dejó sobre el ejemplar de La Odisea que estaba leyendo por enésima vez.
   Tomó la dirección de la sección de literatura juvenil donde encontraría sin duda a Juan. Al llegar junto a él y, entre susurros, le preguntó:
   —¿Acaso mi pequeño lector no encuentra nada interesante?
   —No, Sr. Pepe, todo leído; estoy empezando a pensar que este lugar se me queda pequeño —dijo con sentimiento.
   Las cejas de Pepe se elevaron, nunca se hubiera esperado esa frase de Juan, pero creyó que había llegado el momento de abrir la mente a aquel muchacho que vivía entre libros, si ello era posible.
   —¿Qué dices, Juanito?, una biblioteca nunca puede quedarse pequeña, y menos para alguien como tú, en los libros está todo, y ya sabes cómo me gusta definirme…
   —Sí, Sr. Pepe, como “el guardián del saber”… lo sé, me lo ha dicho muchas veces.
   —¿Entonces, crees acaso que ya conoces todos los secretos de este lugar?
   —Yo diría que sí, al menos en cuestión de aventuras y viajes, lo demás no me llama la atención, y si no me interesa no lo leo.
   —Eso es un error, Juanito, hay que leer de todo.
   —Quizá tenga usted razón, pero hay cosas que no me interesan y, peor aún, me aburren.
   —Ya veo, Juanito, creo que ha llegado el momento de revelarte algunos de los secretos que se encierran en esta aburrida biblioteca como tú dices. Si alguien es merecedor y digno de ello, ese eres tú, su más asiduo morador.
   La cara de Juan era todo un poema, la sorpresa y la curiosidad se hicieron en él; Pepe había sabido captar sin lugar a dudas perfectamente la atención de aquel muchacho.
   —¡Cuénteme Sr. Pepe por favor! —decía Juan subiendo la voz por causa de la emoción.
   —¡Shhhh!, silencio —chistó el bibliotecario llevándose el dedo índice a los labios— ¿Acaso quieres hacer partícipe a todos de un secreto que es solo para ti? —le preguntó en voz baja Pepe a Juan.
   —No, Sr. Pepe —susurraba el pequeño.
   —Bien, Juanito, acompáñame, que te voy a mostrar algo que te va a gustar de veras.
Pepe, cogió de la mano al pequeño y, tras echar una ojeada a la casi desierta biblioteca, se dirigió al almacén. Grandes estanterías albergaban innumerables volúmenes y multitud de ejemplares de viejos libros que sobrevivían como mejor podían al polvo y al paso del tiempo.
   Tras abrir la puerta, el pequeño se quedó boquiabierto, si en la sala de lectura los libros se contaban por millares, aquello era infinito. Largas hileras de muebles y archivadores se alineaban sin que aquello pareciera tener fin y, mucho menos para un niño de 12 años.
   —¿Ves, Juanito?, aquí está el saber.
   Juan, no daba crédito a lo que sus ojos tenían frente a sí, aquello era una especie de paraíso terrenal. Tras quedar en sepulcral silencio durante el momento en que su mente asimilaba lo que sus ojos veían, miró a Pepe y preguntó:
   —¿Sr. Pepe, ha leído usted todos estos libros?
   —Todos y cada uno, Juanito.
   — ¡Jopé!—exclamó el niño a la vez que agitaba la mano.
   —¡Esa boca, zagal!
   —Perdón Sr. Pepe, lo siento —contestó bajando la cabeza.
   —No pasa nada. Ven, que te voy a mostrar una cosa que nunca ha visto casi nadie, es mi secreto y, por ende, el secreto del bibliotecario que me precedió, ¿entiendes?
   —Sí, entiendo, ¿pero de qué se trata?
   —Eso, mi pequeño amigo, lo tendrás que descubrir tú solo… me temo.
   —Pues ahora sí que no lo llego a entender, Sr. Pepe.
   —Te explico, obra en mi poder un curioso legajo que contiene un gran secreto, muy, muy antiguo. En especial en una de sus páginas, esa es la que te mostrará la verdad.
   —¿Y?
   —Pues que tengo la firme intención de esconderlo entre todos estos viejos volúmenes y, tú deberás encontrarlo si quieres ser partícipe de su contenido. Dentro de uno de ellos lo hallarás si tu curiosidad es lo suficientemente fuerte.
   —Pero… ¡Podría tardar meses o años, Sr. Pepe!
   —O peor, porque solo hay una regla que nunca podrás saltarte.
   —¿Y cuál es?
   —Página que abras en tu búsqueda, la debes leer completa.
   — ¡¿Cómo?! Entonces toda la vida, Sr, Pepe… ¡Me haré más viejo que usted!
   —Ese es el trato, mi pequeño y ávido lector, ¿qué me dices?
   El pequeño Juan, en un principio se veía sobrepasado por aquella titánica empresa que le proponía el viejo bibliotecario, ¡todo un secreto para él solo!, solo debía buscar el libro adecuado y leer cada página, nada más… y nada menos.
   Valiente y motivado, el pequeño Juanito tomó una decisión y, extendiendo la mano hacia Pepe, le dijo lo más solemne que pudo la voz de un niño de 12 años:
   —Sr. Pepe, acepto el desafío.
   Se dieron la mano, para sellar aquella especie de pacto entre amigos.
   —Pero, si se te ocurriera saltarte la única regla que he puesto, se rompe el trato y, nunca más te permitiré entrar en esta sala.
   —Prometo cumplir la regla, Sr. Pepe, no se preocupe.
   —Mañana podrás empezar, te aseguro que esta va a ser la aventura más grande de tu vida, zagal.
   Salieron del almacén y Pepe echó un vistazo a la sala de lectura y, como siempre, no había ninguna novedad. Antes de salir por la puerta, Juan, quiso demostrarle al viejo bibliotecario que estaba a la altura de la situación, que poseía sus propios conocimientos y era digno de acometer aquel reto.
   —Por cierto, Sr. Pepe, ¿a que no sabe usted el nombre completo de Emilio Salgari?
   —Eres un listillo, ¿eh? Has ido a pillarme, pero lo siento, tengo respuesta para ti, se llamaba Emilio Giuseppe Salgari.
   A Juan se le iluminó la cara, había ganado el asalto con el Sr. Pepe. Lo miraba fijamente sin parar de sonreir.
   —¡Demonio de zagal!, ¿Cómo se llamaba?
   —Emilio Carlo Giuseppe Maria Salgari.
   Juan salió corriendo, disfrutando de su primera victoria en el mundo del saber y ante tal contrincante, ¡todo un viejo bibliotecario!
   «La madre que lo parió…este zagal…». Pepe se echó a reír, no tenía otra, aunque enseguida percibió que los pocos lectores que había lo observaban con caras de reproche. Hizo un gesto a modo de excusa para pedir perdón. Se fue a su lugar y tomó asiento, agarró sus lentes de cerca y abrió de nuevo la Odisea, pero antes de reemprender su lectura, miró por la ventana viendo como aún, calle abajo, podía ver a Juanito que no había parado de correr. «Suerte mi pequeño y peculiar Telémaco, el saber es todo tuyo…».
   Al día siguiente, entró Juan a la misma hora, no fallaba, del colegio iba directo hasta la biblioteca hasta la hora de comer en que regresaba a casa.
   —Buenos días Sr. Pepe… ¿Hay alguna novedad de Julio Verne? —Y sonreía irónicamente.
   —Buenos días Juanito, siempre con la misma gracia…, pero hoy comienza tu reto, ¿no lo habrás olvidado?
   —No, Sr. Pepe, y tengo un plan infalible que me hará encontrar el secreto en muy poco tiempo.
   —Me sorprendes Juanito, en verdad me has dejado sin palabras. Vayamos al almacén si quieres empezar.
   Pepe acompañó al niño, ante un mar de libros acumulados durante años y años, descatalogados, ediciones antiguas, algunas muy valiosas.
   —Bueno, ¿por dónde vas a empezar Juanito?
   —Lo tengo muy claro Sr. Pepe, anoche estuve dándole vueltas a la cabeza, buscando la solución, y la hallé gracias a Dios. Es lo más sencillo del mundo.
   —De verdad que eres un saco de sorpresas, zagal, ya me tienes intrigado, explícame.
   —Por el polvo.
   —¿Cómo?
   —Sí, por el polvo acumulado en libros y muebles.
   —Pues ahora sí que me he perdido del todo, ¿qué tiene que ver el polvo?
   —Si ha escondido usted ese papel, no ha tenido más remedio que tocar muebles, libros, estanterías, solo tengo que comprobar en qué lugares ha manipulado para empezar a buscar, no creo que tarde mucho, quizá algunos días, poco más.
   —¡Qué jodío el zagal!, eres avispado de verdad, eso ni se me había pasado por la cabeza. Pero tienes mucha razón. Adelante, todo tuyo, me voy fuera.
   Había pasado una hora y media, y pepe ya sentía curiosidad por juan y, decidió ir a echarle un vistazo, a ver cómo le iba al pequeño.
   —Juanito, ¿qué, cómo vas?
   Se lo encontró sentado en el suelo absorto en la lectura de un viejo libro que Pepe pudo reconocer al instante, una sonrisa furtiva apareció en la cara, la satisfacción embargó el poco ego que tenía.
   —Un momento Sr. Pepe, un momento —contestó Juan si apartar la mirada de las casi roídas páginas de aquel viejo ejemplar que muy posiblemente llevara décadas sin abrir.
   —Ya veo que te interesas por lo que lees, me complace, mi pequeño amigo — contestó el viejo bibliotecario más que satisfecho.
   —¡Este libro trata sobre los griegos antiguos, de una ciudad llamada Troya, de un caballo de madera, de bravos héroes guerreros…!
   —¡Alto, alto, no te emociones!, sé de qué va, se llama la Iliada, y la escribió alguien (que) llamado Homero.
   En aquel preciso instante, Pepe se llevó sus manos al pecho, un agudo y doloroso dolor apareció en su corazón, cayó de rodillas sin emitir ningún tipo de sonido.
   —¡¿Sr. Pepe, qué le pasa?!
   El niño dejó el libro en el suelo, se levantó y corrió a socorrer a su viejo amigo.
   —¡No me asuste, Sr. Pepe, ¿qué le pasa?!
   Entre balbuceos, el bibliotecario acertaba a decir:
   —Avisa fuera Juanito, rápido… me muero… un ataq…
   El pequeño Juan salió corriendo lo más rápido que sus pequeñas piernas podían correr en busca de auxilio para su amigo, sin saber que aquellas palabras que con tanto esfuerzo acertó a decir, fueron las últimas. Pepe murió ese día de un ataque al corazón, allí en su Ítaca particular, entre sus amados libros.
   Aquel suceso dejó marcado al pequeño Juan, fue un duro golpe para un niño de tan corta edad.
   El tiempo pasó y, dicen que lo cura todo, pero a veces el hueco que se deja una pérdida en el alma de pequeños corazones, queda grabado a fuego de por vida.
   Juan terminó sus estudios del colegio y después el bachillerato, se hizo un muchacho con muchas expectativas de futuro, y por fin accedió a la universidad, donde sacó la carrera de literatura con matrícula de honor. En la ceremonia de graduación, resplandecía orgulloso ante sus padres, era un gran logro personal. Pero de golpe, le vino a la mente el recuerdo de aquel vejo bibliotecario que le dejó marcado de por vida. Estaba allí, era quien era gracias a él ente otras muchas cosas. Miró al cielo, al tiempo que el sonido del discurso con el que el decano de la universidad estaba torturando a los asistentes a tan solemne acto, pasó a ser un leve murmullo casi imperceptible.
   «Gracias Sr. Pepe, gracias por todo…». Una lágrima corrió por su mejilla, no le importó, tenía muy claro que su amigo lo observaba orgulloso desde el lugar en que estuviera, el cielo de los griegos, o el de los romanos, ¡qué más da!, sentía que era observado por él.
   La coyuntura económica del país estaba en estado de crisis, algo que se ceba con los jóvenes a la hora de empezar esa aventura que se llama vida laboral. Pero la suerte se alió con Juan, en el ayuntamiento de su pequeño pueblo había salido a concurso la plaza de funcionario… ¡de bibliotecario!
   No dudó, aquel puesto debía ser suyo. Y así fue, más que merecido.
   Ahora era el nuevo bibliotecario, en una biblioteca que conocía a la perfección, el sitio perfecto para él.
   El día que por primera vez accedió al almacén, pues nunca había vuelto a estar allí tras el desgraciado incidente, le vino a la cabeza el reto que le propuso su amigo el Sr. Pepe. Y decidió terminar lo que se había propuesto hacía más de 15 años, hallar el secreto que como un juego de niños había empezado y que no pudo terminar.
   Durante meses, en su tiempo libre o cuando su presencia se hacía necesaria en aquel almacén, seguía buscando. El polvo ya no era una directriz a seguir, pero su tenacidad se empecinaba en desvelar aquello. Y siempre siguiendo la única regla que el Sr. Pepe le puso como condición, leer toda la página que abriese en su búsqueda.
   El esfuerzo, dotado de pasión por aquello que hacía, dio al fin sus resultados. Encontró una hoja de papel manuscrita… ¡por el propio Sr. Pepe!
   Le temblaron las manos, el nerviosismo se hizo en él, le faltaba el aire, la emoción del momento pudo con él. Con manos temblorosas acertó a dejarlo sobre unas cajas llenas de antiguos libros; no tenía el ánimo suficiente para leer la revelación que tras tantos años al fin había pudo encontrar. Respiró hondo, y se tranquilizó, templó sus nervios y con extremo cuidado cogió de nuevo aquella hoja de papel que le había estado esperando más de 15 años a que él, y solo él la hallara.
   Las lágrimas se hicieron presentes, cayendo por sus mejillas al tiempo que leía con el corazón en un puño. Sobre el manuscrito caían algunas, humedeciéndolo, Juan pasaba el dorso de la mano para secar el manuscrito y poder así seguir leyendo.

“Querido Juanito:
Este es el mayor de los regalos que alguien como yo te podrá hacer nunca, esto es: el conocimiento.
   Todo el saber está en los libros, todo está en ellos, solo debes buscar el adecuado. No son necesarios muchos libros, pequeño Juan, solo hay que tenerlos buenos como afirmaba Séneca. Este es mi legado, mi secreto para ti si algún día llegas a encontrar este escrito.
   Hay un viejo proverbio árabe que dice:
   “Libros, caminos y días dan al hombre sabiduría”

   Y eso es lo que te quiero transmitir, aprende de los sabios, Juan, aprende de Cicerón:
   “Si cerca de la biblioteca tenéis un jardín ya no os faltará de nada”
   “Un hogar sin libros es como un hogar sin alma”
   ¿Te das cuenta las sabias palabras que nos dejó como legado?
   O Thomas De Kempis, que dejó su pensamiento en una frase dónde su alma expresaba su sentir:
    “He buscado el sosiego en todas partes, y sólo lo he encontrado sentado en un rincón apartado, con un libro en las manos”

   Este es mi consejo, mi legado y mi secreto, en los libros puedes vivir una y mil vidas, si no lees, solo vivirás la tuya, Juanito.
   ¿Alguna novedad de Julio Verne, Juanito?


    José  de San Juan.  Bibliotecario del pueblo de….

viernes, 26 de mayo de 2017

LA VENGANZA DE HERACLEO. RELATO CORTO.


Cerca de la ciudad de Atenas, año 399 a. c.
Mi nombre es Heracleo. Nací dos veces, una de mi madre y otra, cuando tras haberme echado a los lobos, regresé al frente de la manada. Esta es la historia de mi venganza, un acto de justicia para escarmiento de dioses y hombres, pero sobre todo, para dar fe de que sigo aquí a pesar de todos ellos. Los maldije en su día y, lo sigo haciendo a día de hoy, pero sobre todo, me maldigo a mí mismo.
Imagen relacionadaLa historia de mi debacle, comenzó una soleada mañana, mientras estaba tranquilamente sentado sobre una piedra al cuidado de las ovejas bajo el sol. Cerca de allí, mi padre terminaba de cerrar un trato con el hombre que trajo la desgracia a mi tranquila y sosegada vida de aprendiz de pastor.
A lo lejos, podía observar como el negocio parecía transformarse  en un enfrentamiento. 
Resultado de imagen de pelea griegos antiguosHasta que ocurrió, tras separarse y estar de espaldas, mi progenitor recibió un golpe en la cabeza con una piedra. Todo pasó frente a mis ojos muy despacio, no podía asimilar que alguien agrediera a mi padre, hombre ejemplar, digno y honrado.
Sin pensarlo dos veces acudí corriendo, mis piernas parecían no obedecer la orden que mi cabeza mandaba, más rápido, más rápido. Para cuando llegué, aquel maldito ya no estaba, había desaparecido y, entre gritos de dolor me arrodillé ante mi padre.
—¡Padre, padre, despierta!
La desesperación de hizo en mí, pues temí lo peor, cosa que en breve pude comprobar; mi padre había muerto, asesinado por ese vil personaje.
Tuve que recomponerme aunque estuviera con la sorpresa y el miedo en el cuerpo, ¿qué sería ahora de mí y de mi madre? ¿Qué futuro incierto nos esperaba? 
Me levanté y miré en derredor, por si aquel asesino estuviera aún en las proximidades y hubiera decidido acabar conmigo también. Me agaché y cogí una piedra, por si acaso. Si lo hubiera descubierto acercándose, la pedrada en la frente hubiera sido segura, pues de mi habilidad con ellas pueden dar fe todos los que me conocen y  las muchas cabezas en las que dejé mi sello.
Olvidando el ganado, mis piernas empezaron a correr, esta vez sí me obedecían y, en poco rato llegué a la cabaña donde morábamos.
Entré en tromba, como si del mismísimo Averno hubiera escapado.
—¡Madre, madre!, ¡padre ha muerto, lo han…!
Cuál fue mi sorpresa al encontrar al hombre que acababa de asesinar a mi padre delante de mis ojos, abrazado a mi madre, besándola apasionadamente.
Al escuchar entrar aquel torbellino, se separaron inmediatamente, mi madre con una falsa sonrisa en la boca se atrevió a decirme:
—Heracleo… hijo mío, yo te explicaré.
Sin dejar terminar la frase, me abalancé sin pensarlo sobre el que había traído la desgracia a mi casa, golpeando como bien podía, con toda la rabia del mundo personificada en ese niño de 9 años que yo era. Pero todo fue en vano, inútil, de un solo guantazo con la mano del revés, me derribó.
Tirado en el suelo, con el labio partido y sangrando, mi madre gritó:
—¡No, no golpees al niño!
El otro, con una mirada de soberbia y odio al tiempo, dio dos pasos hasta alcanzar el lugar de mi madre y, su respuesta fue otro golpe en la cara, que la derribó ante su sorpresa.
—¡Cállate, zorra!, y controla a tu bastardo.
Allí  nos encontrábamos ambos, madre e hijo, en el suelo, sangrando y mirándonos sin entender qué estaba pasando entre agrias lágrimas; las de ella de dolor, las mías de indignación e impotencia.
—Heracleo, ahora yo seré tu padre y me obedecerás en todo lo que te mande, sino lo pagarás en tus carnes, ¿lo has entendido?
El silencio fue mi respuesta que, junto a una  mirada desafiante, enojó aún más al que se proclamaba mi nuevo progenitor.
—Yo te enseñaré… ¡Ven aquí, levántate!—me amenazaba mientras se acercaba a mi levantando los brazos.
Mi negativa a contestarle y el seguir en el suelo sin levantarme desobedeciendo sus órdenes, fue el detonante para un fatal desenlace.
Agarró un bastón que estaba colgado cerca de la puerta y, con él me dio el que probablemente sea el golpe más fuerte que en la testa he recibió en mi vida. Ya no recuerdo más de ese día, solo el dolor en la cabeza y otro aún más fuerte en el alma.
Desperté desorientado, con frío y entre un terrible dolor de cabeza, sin tener ni idea del tiempo transcurrido desde aquel encuentro con mi destino. Tumbado en el frío suelo en medio de un bosque, al amparo de la obscuridad y de los ruidos nocturnos.
Me eché la mano a la cabeza, restos de sangre seca entre mis cabellos es lo que pude palpar. Quizá debí sentir miedo al bosque, a la soledad o a la obscuridad, pero solo un sentimiento alimentaba mi alma, mi corazón, el que le dio sentido a mi vida: el odio y el ansia de venganza.
Entre el desconcierto del momento no llegué a darme cuenta del nauseabundo olor que me envolvía, estaba sobre excrementos de animal. Me dio asco, pero aquel era el menor de mis problemas. Escuché un ruido muy cerca, algo o alguien me acechaba, me puse en guardia intentando levantarme, pero el dolor de cabeza hizo que sintiera pinchazos y las pocas fuerzas que tenía me abandonaban, no pude.
Entre gruñidos, un animal se acercaba lentamente, se detenía, olisqueaba el ambiente y, seguía acercándose, hasta que por fin pude identificar de qué se trataba… ¡un lobo!
Entonces fue cuando mi cuerpo se paralizó, el miedo invadió mi ser en su totalidad, bloqueado, no pude ni siquiera gritar, el pánico me lo impedía.
Creí llegado mi final, uno que nunca hubiera podido imaginar, pero allí estaba yo, frente a un lobo que a un palmo escaso de mi cara no cesaba de olisquearme hasta que, ocurrió lo impensable. Cesaron los gruñidos y de manera extraña, comenzó a lamerme. No lo entendí aquella noche y tampoco a día de hoy, me sentí como si hubiera vuelto a nacer.
Resultado de imagen de lobos atacandoAparecieron tres ejemplares más, quizá al ver que yo no era una amenaza para ellos y, tras unos instantes, otros lobos hicieron acto de presencia, que observaban a cierta distancia, mirando como el primer lobo seguía lamiendo mi faz.
Durante unos días conviví con ellos, me alimentaban, me proporcionaban carne de la que cazaban y la ponían junto a mí, cosa que al principio me repugnaba al estar sucia, cruda y llena de sangre de sus víctimas, pero la necesidad apremia y al menos comía.
Una vez repuesto, decidí que debía abandonar a los lobos, aunque hubieran sido mi salvación. Mi agradecimiento por aquello, creo que nunca se lo podré llegar a demostrar. Extrañamente, el día que los dejaba, parecían entender que me iba, que tenía un destino y que debía afrontarlo yo solo. Mientras me alejaba, sus miradas se clavaban en mí, sentí un pequeño dolor en el corazón, hasta la tristeza llegó a embargarme por momentos, pero debía marcharme de allí, de su compañía, por muy agradecido que les estuviera, debía seguir mi camino. Cuando ya por fin me alejé lo suficiente, empecé a escuchar tristes aullidos a modo de despedida, cosa que me reconfortaba, tenía claro que en ese bosque dejaba amigos para siempre.
Resultado de imagen de hoplita con niño
Deambulando por caminos y, buscándome la vida como bien podía, di por casualidad con un grupo de hoplitas que iban de camino a Atenas. Tras relatarles mi historia, me acogieron temporalmente, me alimentaron y cuidaron unos días, cosa que agradecí, sobre todo por estar entre humanos y poder alimentarme como ellos, aunque casi echaba de menos aquella carne fresca y cruda que me traían los lobos.
De repente, una mañana mientras marchábamos, algo llamó mi atención, ¡aquellas tierras eran conocidas por mí!, las recordaba, eran tierras de pastoreo de cuando acompañaba a mi padre con las ovejas. Mi casa estaba cerca, y mi venganza posiblemente también.
No tuve por más que agradecerles a aquellos guerreros lo que hicieron por mí, pero había llegado el momento de partir y afrontar mi destino, por cruel o nefasto que pudiera ser.
—Suerte, muchacho, y que los dioses te guarden. Ten, un regalo para que no nos olvides nunca —dijo el comandante al tiempo que alargaba su brazo ofreciéndome una daga como recuerdo.
—¡Gracias!—le contesté ilusionado  —nunca os olvidaré.
Esperé a que desaparecieran por el camino, hasta que una pequeña nube de polvo, me confirmó que ya estaban lejos. Cambié de dirección y me encaminé hacia el que había sido mi hogar, en busca de mi destino en forma de venganza, debía hacerlo o morir en el intento.
Llegué a las inmediaciones de la cabaña, oscurecía, y me acerqué con todo el sigilo de que fui capaz. Agazapado, lo más cerca posible, me asomaba por una de las ventanas.
El alma se me caía al suelo ante lo que mis ojos veían, mi madre sentada en el regazo del asesino de mi padre con la mano en la entrepierna, ella disfrutando y apurando un pellejo de vino. El odio se acrecentaba en mi corazón… ¡debía vengarme de ambos!, los dos eran culpables de mis desgracias. Y con la ayuda de los dioses o sin ellos, me propuse perpetrar el mayor acto de crueldad que un niño de mi edad podía cometer: ¡matar a su propia madre!
Agarré con todas mis fuerzas el puñal que me habían regalado los hoplitas y, con todo el sigilo posible, me encaminé hasta la puerta.
Entré de golpe, gritando como un poseso, intentando aprovechar la sorpresa.
—¡Malditos, os mandaré al Averno, pagaréis por la muerte de mi padre con vuestras vidas!
Ante la sorpresa, cayeron hacia atrás del banco donde se encontraban, se levantaron enseguida sin poder creer lo que tenían ante sus ojos: el hijo abandonado a su suerte con un puñal en la mano clamando venganza.
Mi madre, se echó las manos a la boca, pero el usurpador, asesino y nuevo amante, comenzó a reírse.
—¡Ja ja ja!, ¿dónde vas tú bastardo, acaso buscas justicia?
Sin pensarlo dos veces corrió a mi encuentro, cosa que ni por un momento pensé que podría hacer e, hice lo mismo puñal en mano entre los gritos de terror de mi madre.
Chocamos y, él me repelió fácilmente, ataqué tirando un tajo para intentar al menos herirle, pero con un rápido movimiento, esquivó mi acometida, propinándome un certero golpe que me hizo soltar mi puñal… estaba a su merced.
Volvió a golpearme y caí, mientras, él recogía el puñal del suelo. Se acercaba lentamente, con una siniestra sonrisa al tiempo que le decía a mi madre:
—Mujer, te dije que era mejor matarlo, por tu culpa tendré que hacerlo ahora.
—¡No, no lo mates!
Frente a mí, alzando el puñal para matarme, sus ojos se abrían desorbitadamente inyectados en sangre y odio.
—¡Ya es hora de que mueras, bastardo!
Cuando de repente se detuvo, detectó un olor extraño y se quedó helado, mi madre también; desde la puerta dos pares de ojos de observaban atentamente. Bajó lentamente la mano en la que agarraba el puñal, miró a mi madre, después a mí y, otra vez hacia la puerta.
Resultado de imagen de lobos atacandoNi siquiera se llegó a escuchar ni un gruñido, dos lobos se abalanzaron sobre ellos ente gritos de terror. Aquello fue rápido y mortal, ante mí, mis amigos los lobos devoraban a aquellos que arruinaron mi infancia, mi vida. Todo había terminado, con las fauces manchadas de sangre, se acercaron gimiendo. Les acaricié el lomo, después la cabeza y, tras esto, salieron corriendo para no volver a verlos nunca más. Miré la escena, no me sentía culpable… o quizá sí y, decidí terminar con todo para siempre, me acerqué a la chimenea, agarré un tronco ardiendo y prendí fuego a la cabaña; me marché sin mirar hacia atrás.








martes, 16 de mayo de 2017

JUAN LEPE...¡REY DE INGLATERRA!

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Juan de Lepe fue un marino lepero nacido en un hogar humilde a mediados del siglo XV, que formó parte de la corte del rey Enrique VII de Inglaterra, sirviendo como confidente, amigo, comensal y bufón del rey, llegando a ser "rey de Inglaterra" por un día.
Juan de Lepe pasó a la historia por ganarle al rey una partida de cartas a doble mano en la que éste se había apostado las rentas que su reino producía en un día y el nombramiento (simbólico) como "rey de Inglaterra" durante ese mismo día, debido a esto, fue conocido como "el pequeño rey de Inglaterra", ganando fama en todo el reino inglés.
El rey pasaba mucho tiempo en su castillo y gustaba de disfrutar de frecuentes partidas de cartas, pero únicamente apostaba monedas, dado que era famoso por ser muy tacaño, sin embargo, en esa ocasión subió la apuesta y la perdió, nombrando a su cortesano y amigo "rey de Inglaterra", además de hacerle rico.
A la muerte del rey, en 1509, volvió a Lepe como un hombre rico, situación que le permitió vivir holgadamente y contribuir al mantenimiento del hoy desaparecido convento franciscano de Nuestra Señora de la Bella en Lepe, siendo enterrado en el recinto del convento bajo una lápida, hoy perdida, que documentó en su crónica el padre Gonzaga, general de la orden franciscana, en 1583
Enrique VII (centro), con sus consejeros Sir Richard Empson y Sir Edmund Dudley

sábado, 13 de mayo de 2017

ODA A BLAS DE LEZO.

Resultado de imagen de foto blas de lezoAlmirante sin par,
que medio hombre se hacía llamar,
aunque con tal gallardía,
que al inglés hizo llorar.
Al corsario Jenkins la oreja mutiló,
y a su pirata reina las alas cortó.
Mandada en un cofre,
la oreja recibió.
y con un recado que nunca olvidó.
Honor apresado y hundido,
el inglés quedó rendido,
y en todo el Mar Caribe,
recibió su merecido.
En forma de vengador,
un tal Vernon llegó,
Resultado de imagen de foto blas de lezocomo perro ladrador,
y con el rabo entre la piernas,
a su corsaria patria huyó.
Que perdió la campaña,
decidle a vuestra reina perra
¡Que Cartagena es España!,
y no Inglaterra,
Inglés, pirata y traidor,
no sois dignos,
y os falta valor,
no sois bienvenidos,
donde haya un español.


viernes, 12 de mayo de 2017

¿POR QUÉ TIENEN LAS HUCHAS FORMA DE CERDO?

Seguramente tendrás o habrás tenido una hucha/alcancía con forma de cerdito en la que guardabas tus ahorros, dinero que recibías de tus padres o de tus abuelos. Como tantas cosas, todo tiene su explicación, y las huchas con forma de cerdito también la tienen.

Resultado de imagen de hucha cerdito barroDurante la Edad Media, en el mundo cristiano, una familia que tuviese un cerdo en su casa o en su pequeña granja era un símbolo de prosperidad y garantía de futuro -“del cerdo se aprovechan hasta los andares”-, ya que en caso de guerras o malas cosechas tenían una fuente de alimento al que recurrir y con el que poder subsistir -además de carne, proporciona embutidos durante un año para la alimentación de una familia-. Recordemos que en la Europa de la Edad Media la esperanza de vida para el hombre era de 49 años y el de las mujeres de 53 años, una corta vida debido a las constantes enfermedades como la Peste Negra, la falta de medidas sanitarias y las frecuentes guerras que asolaban el continente. Durante este periodo de la historia, los pastores de cerdos eran los que mejor conocían los bosques y los linderos, por lo que eran llamados para atestiguar sobre los límites de propiedades y definir su extensión.