Según la RAE, un gilipollas es definido como un necio o un estúpido, pero yo tengo una propuesta que hacer, una nueva definición que bien podría ser un anexo a las ya existentes:
GILIPOLLLAS:
"Dícese de aquella persona que conduciendo un vehículo, y estando parado frente a un semáforo en rojo, empieza a tocar el claxon indiscriminadamente al vehículo que le precede, antes de que el mencionado semáforo cambie a la luz verde".
Se podrían proponer muchas más, pero esta es la que gana en el ranking a día de hoy.
Un Blog sobre literatura, historia y lo que se tercie, siempre que sea interesante.
.....
viernes, 16 de septiembre de 2016
miércoles, 31 de agosto de 2016
AMOR EMPERO.
Amor empero,
traidor y austero,
extravagante pero,
embustero.
Lo fuiste todo,
dueña de mi alma,
señora de mi corazón,
y después nada,
así, ahí colgada,
queda la razón,
por ti denostada,
y el amor muerto,
por cabrón.
Puto amor que me vendiste,
a las garras de una mujer,
y después viniste,
mi alma a recoger.
Caro me salió el amor,
y pagar no pude,
por eso mi clamor,
que tu ser elude.
domingo, 7 de agosto de 2016
ÁNGEL CUSTODIO. Relato corto.
Luchando contra sus miedos y problemas en el interior de su cabeza, encaminaba la calle mayor. Cruzándose con los viandantes, a los que ni veía, tan absorto en su guerra particular que se sentía la persona más sola y desgraciada del mundo. Y estaba decidido a terminar de una vez con todo el sufrimiento, ya no podía más.
Se echó la mano al bolsillo buscando el tabaco, sacó un cigarrillo, al tiempo que buscaba entre los demás bolsillos el mechero, « ¿mierda, dónde pijo tengo el puto mechero?».
Se paró un instante, pues no lo encontraba; estaba nervioso, tenía muchas ganas de fumar. Se registraba en busca de fuego, pero nada, no encontraba el mechero.
Tiró el cigarrillo ante la mirada reprobatoria de una señora mayor, y siguió andando, «a la mierda, pues no fumo, aunque también podía haber pedido fuego. Seré milpillas».
Llegó hasta las inmediaciones del muelle, dónde la actividad portuaria era la normal a esa hora. Trasiego de mercancías y de trabajadores yendo y viniendo con prisa, maquinaria ronroneando y un ruido infernal por doquier.
Miraba a su alrededor, y pensaba en los problemas que cada uno de los que estaban a su vista podría tener.
«Bueno, ¿y ahora qué, tengo los huevos necesarios o me voy a rajar?».
Buscaba la forma de tirarse al agua en el sitio más peligroso, pues los accesos al agua estaban vallados y no era tan fácil acercarse.
«Pero si me tiro al agua, quizá el instinto de supervivencia me haga salir a la superficie, ¿quizá subirme a una grúa y tirarme al vacío?».
Buscaba la manera de quitarse la vida, era la decisión que tomó la noche anterior, cuando todo le superó: la traumática pérdida de su hijo, la dolorosa separación de su mujer, el despido inesperado y ahora la carta del juzgado avisándole del inminente desahucio, « ¡Qué hijos de puta estos del banco!».
Encontró junto a un contenedor a otro hombre que no iba vestido como los obreros portuarios. Le extrañó, « ¿Qué coño hace ese ahí?».
La curiosidad pudo con él, y decidió acercarse, total, no tenía nada que perder salvo el tiempo.
— ¿No tendrá usted fuego, por un casual?
— ¿Y usted un cigarrillo?
Cada uno llevaba lo que el otro quería. Uno sacó el tabaco ofreciéndoselo al otro y por la otra parte un mechero.
Ambos encendieron sendos cigarrillos y aspiraron con ansia, exhalando con lentitud el cancerígeno humo.
— ¿Usted no trabaja aquí por lo que imagino?
— ¿Por qué imagina usted?
—No lo veo vestido como uno de los trabajadores, y estando aquí medio escondido…
—Quizá no tenga ganas de conversación… y gracias por el cigarro.
—Tampoco tengo interés, mire usted, sigo a lo mío, que pase un buen día.
Se empezaba a marchar cuando:
—He venido a suicidarme —dijo el hombre del mechero.
— ¿Cómo?
—Lo que oye, estoy ya cansado de esta vida, es una mierda, además de injusta.
—Lo sé de sobra, yo vine a lo mismo.
Ambos se miraban sorprendidos, aquello era una casualidad.
— ¿Terminamos el cigarro juntos y cada cual a lo suyo?
—Hace —y se sentó junto al otro.
— ¿Porqué desea dejar este mundo?
—Lo he perdido todo, y lo poco o mucho que me quedaba me lo va a quitar el puto bando.
—Le entiendo perfectamente, pasé por eso hace un tiempo.
—Entonces me entenderá perfectamente.
—Sí, claro hombre, entenderle sí, pero no comparto lo que piensa hacer.
— ¡Pero si usted va a hacer lo mismo, ¿cómo me puede decir eso?!
—Lo mío era metafórico, hombre.
—No le entiendo.
—Joder, Antonio, sé que te pasa, y he venido a intentar que cambies de idea.
— ¡¿Cómo sabe mi nombre?! ¿Quién coño es usted y qué quiere de mí?
—Antonio, escucha, y no me tomes por un loco.
—Empiece a habar ahora mismo.
—Soy tu ángel de la guardia…
— ¡Ja ja ja, no me toque los huevos!, hombre, que estamos con una cosa muy seria.
—Al menos te hice reír….Antonio.
A Antonio se le acababa la paciencia y agarró por el pecho al otro hombre violentamente.
—Seguro que eres del banco, cabrón, te voy a partir la cara.
—Tranquilízate, hombre, que no es una broma; déjame que te explique.
—Empieza a hablar o te voy a dar de hostias que no te va a reconocer ni tu puta madre.
Antonio soltó al otro hombre y pareció dispuesto a escucharle.
—Yo soy de verdad tu ángel custodio, no me mires así.
— ¿Y?
—Que no puedo dejar que cometas esa locura, sería mi fracaso como guardián de almas.
— ¿Y a mí que pijo me importa?, si no soy creyente, si existiera Dios no se hubiera llevado a mi hijo, ni me hubieran pasado todas las desgracias que he sufrido, ¿qué mierda de dios permitiría eso?
—No hables así, y por favor, tutéame.
—Ya solo me falta que me digas que te llamas Ángel.
Entre sonrisas el guardián de almas contestó:
—Así es, Antonio.
— ¡No me jodas!… ¿Ángel?
—Mira Antonio, vamos a hablar un rato, y si no te convenzo, me daré por vencido y perderé un alma, pero dame la oportunidad de hacerte cambiar de idea, total, no tienes nada que perder, salvo el tiempo que me dediques.
—Vale, aunque sea por curiosidad, porque mira que me han contado milongas, pero esta es de las más gordas.
—Sé lo que pasó con tu hijo, lo de tu mujer, y lo siento de veras. También lo de tu casa, pero podemos arreglarlo de alguna manera, los que se fueron ya no volverán, pero que no te quiten la casa es posible, algo es algo.
— ¿Crees que tengo alguna motivación para vivir? Lo de la casa es secundario, joder.
—Pero salvando tu casa podrías empezar una nueva vida, Dios te da otra oportunidad de ser feliz Antonio, ¿te das cuenta?
—Pero si no tengo empleo.
—Eso también lo podemos solucionar.
—No lo entiendo.
—Es bien fácil, te lo explicaré, solo tienes que firmarme este documento —dijo al tiempo que se sacaba de su chaqueta unos papeles y un bolígrafo.
—¿Qué coño es eso?
—Tu carta de libertad, Antonio, un documento que te exime de pagar nada por la casa y seguirá a tu disposición para siempre.
—Suena bien eso.
—Claro hombre, firmando haces una especie de alquiler de por vida a la Iglesia Católica por una cantidad simbólica, y mientras esté de esta forma, nadie, y repito nadie, ni banco y entidad alguna, podrá echarte de allí nunca.
— ¿Y eso es legal?
—Crees que con las cosa divinas se juega, que soy un ángel, Antonio.
— ¿Y lo del trabajo?
—Se te conseguirá algo en alguna institución… de jardinero por ejemplo, ¿te vale?
—Pues claro que sí, siempre que me paguen…
—Bueno, te estamos salvando, tampoco pidas mucho.
— ¡Joder con el cielo!, ¿también negocia convenios colectivos?
—Firma, anda, y no te lo pienses más, es la única vía de escape que tienes.
—Debo pensarlo un poco, ¿no crees?
—Mira, habías venido a quitarte la vida, y te encuentras con una oportunidad única de empezar de nuevo y sin perder tu casa, ¿qué más quieres?
—También es verdad, quizá tengas razón, ¿dónde hay que firmar?
—Mira, aquí.
Antonio confiado firmó sin leer los documentos.
—Bueno ya está todo solucionado, a partir de ahora mismo eres un nuevo hombre, ¿cómo te sientes?
—La verdad, me siento igual que hace un momento, como un fracasado de mierda.
—No digas eso hombre, que al final vas a conseguir lo que deseabas, por cierto, ¿echamos un cigarro para celebrarlo? —dijo Ángel mientras miraba a uno y otro lado.
Antonio bajo la mirada y con las manos buscaba el paquete de tabaco, justo entonces notó que una afilada hoja de acero se introducía en su cuerpo. Instintivamente se echó las manos al estómago al tiempo que alzaba la vista mirando a los ojos al que afirmaba ser su custodio y ángel de la guarda.
—Hijo puta… me has matado…
La mortal hoja se clavó en repetidas veces en el cuerpo de Antonio, dejándolo mortalmente herido y cayendo al suelo.
Ángel sin inmutarse lo más mínimo, sacó su teléfono móvil y llamó a un número pregrabado.
—Sí, todo resuelto, la casa ya es nuestra.
Desde el otro lado del auricular:
— ¿Le costó convencerlo?
—Ha sido fácil, como siempre.
—Buen trabajo… padre Ángel, vaya a su parroquia y no salga en unos días, ya pasarán a recoger los documentos, no se preocupe.
—Bien arzobispo, a su servicio, pero… ¿esto es legal de veras?
—Usted no se preocupe por cosas legales, para eso ya estoy yo, siga su camino y sirva a la Iglesia como hasta ahora.
sábado, 6 de agosto de 2016
PRINCESA.
Deshojemos esta margarita juntos
aunque sus pétalos sean de amargura,
son los contrapuntos,
y es una lucha segura.
Desazón y desilusión,
la de las cuerdas de mi vida,
pero quiero esa percusión,
de mi cuerpo abastecida,
disipando mis miedos,
tocadas por tus dedos.
Con tu magia y por tus besos,
por tus arrumacos y bisbiseo,
que nunca me falten esos,
que entre mis sábanas deseo.
Quizá no te di lo justo,
para una princesa como tú,
pero todo te entregué con gusto,
hasta mi espíritu.
Nunca pediste nada,
yo te daba lo que podía,
y siempre entregada,
tu boca me sonreía.
aunque sus pétalos sean de amargura,
son los contrapuntos,
y es una lucha segura.
Desazón y desilusión,
la de las cuerdas de mi vida,
pero quiero esa percusión,
de mi cuerpo abastecida,
disipando mis miedos,
tocadas por tus dedos.
Con tu magia y por tus besos,
por tus arrumacos y bisbiseo,
que nunca me falten esos,
que entre mis sábanas deseo.
Quizá no te di lo justo,
para una princesa como tú,
pero todo te entregué con gusto,
hasta mi espíritu.
Nunca pediste nada,
yo te daba lo que podía,
y siempre entregada,
tu boca me sonreía.
sábado, 23 de julio de 2016
EL SECRETO DE TERESA.(RELATO CORTO).
Era un pueblo muy pequeño, casi escondido entre montañas y, que solo por lo mapas era conocido; pues al viajero ocasional le pasaba desapercibido o le era totalmente desconocido.
Pocos habitantes quedaban ya en él, la longevidad era inaudita allí, pero si no se producía un relevo generacional, el pueblo estaría destinado a desaparecer, y en el pueblo ya solo quedaban unas seis personas solamente.
Una de ella era la Teresa, persona que apareció sola por aquellos lares terminada la Guerra Civil española, o eso es lo que cuentan los pocos lugareños que quedan; que si venía de Barcelona, y allí se quedó a vivir.
Como cada año, Teresa esperaba la llegada de sus dos nietos, que pasaban unos días allí con ella en época estival. Costumbre que adoptó la madre —hija de Teresa —, pues el trabajo la tenía demasiado ocupada, así aprovechaba a para ver a su madre al dejar a sus hijos y después al recogerlos, y de paso descansaba unos días en soledad. El divorcio que destruyó si vida la tenía aún descontrolada.
Todo estaba preparado en el caserón de Teresa, había llenado la despensa de todo lo que a sus nietos les gustaba, las habitaciones bien limpias y con sábanas recién cambiadas con ese típico olor a lavanda que caracterizaba su casa.
Llegó el día y Luisa apareció por la entrada del pueblo con su flamante todoterreno, y en poco aparcaba frente a la casa de su madre.
Tacando el claxon, avisaba de su llegada. Teresa atenta, salió enseguida a recibirlos. Saludos, besos y abrazos de rigor. Pero las prisas de Luisa eran siempre la consigna de su vida, y en breve se tuvo que marchar.
—¿Te quedarás a comer Luisa, verdad?
—No, madre, tengo que irme enseguida, no puedo.
—Siempre vives al límite, debes vivir un poco más, hija mía.
—Madre, tengo cosas muy importantes, debo irme.
—¿Más que comer un día con tu madre?
— Sí, ¿esa madre que no me crió, que me dejó sola en un hospicio?
—Hija, algún día te contaré una historia…
—No seas hipócrita, toma, las maletas de los críos, que me marcho.
—Bien, como quieras, lleva cuidado.
—El día 15 vendré a recogerlos.
—De acuerdo, aquí estaremos, dame un beso, anda, Luisa.
De mala gana Luisa besó a su madre, a la que le llamaba madre, nunca mamá; poco afecto le tenía, nunca le perdonaría el no haber sido criada por aquella mujer de la que todos le hablaban muy bien, de lo buena y tierna que era, entonces, «porqué no crió a su propia hija»
La Alegría entró en la casa, Teresa ya tenía por fin a lo que más quería en esta vida, y era perfectamente consciente de que debería aprovechar cada momento al máximo, la vida se terminaba, y la edad no perdona a nadie. Además los niños ya tenían una edad para entender mejor el mundo de los adultos, y ese año sería muy revelador para ellos, Teresa les contaría la verdad sobre su vida.
Hasta su hija desconocía la historia de su madre, por su propia seguridad le dijeron en su día; de eso hacían ya muchos años. Una lástima el no poder haber criado a Luisa ella misma. Quizá su hubiera sido más valiente —Y arriesgarlo todo — ahora tendría el amor de su hija, cosa que siempre le estuvo castigando dolorosamente su corazón.
Comieron un buen asado de cordero, que en el horno de leña desde bien temprano había preparado Teresa.
Mientras comían los niños le hicieron la pregunta de rigor —cómo todos los años— a su abuela.
—Abuela, ¿qué hay en esa caja de hojalata que hay encima de la repisa de la chimenea?
—Un matamoscas—respondía siempre ella, —Pero sabéis que no la podéis tocar, es peligroso para los niños.
—Sí abuela, somos obedientes y nunca lo hemos tocado.
—Lo sé, además, aunque lo intentarais, no podríais.
Tras esto, se dispusieron a descansar de la comida en el porche de la casa, bajo un tejado soportado por una vigas de madera más que robustas.
Extrañamente por el camino que accedía al caserón vieron aun persona, que venía andando con una mochila a la espalda, Teresa se extrañó.
Alcanzó la puerta de la casa y se dirigió a ellos:
—Buenos días, ¿Tendrían la amabilidad de darme un poco de agua?
—Por supuesto, ¿de dónde viene?, es extraño ver gente por aquí.
—Soy senderista y esta zona no la conozco.
—Pase, pase y siéntese a la sombra del porche, que hace un día caluroso.
—Por cierto, me llamo Pelayo, y soy de Barcelona.
—Encantada, soy Teresa, y estos son mis nietos, de 12 y 14 años, todos unos mozos ya como podrá ver.
Se sentó Pelayo en una silla que dispusieron los niños, mientras Teresa entró en la casa a por una jarra de agua fresca.
Al salir, Pelayo charlaba con los niños relajadamente, cosa que hizo sentirse más segura a Teresa.
—Tome usted un vaso y agua muy fresa del manantial que tenemos en el pueblo, en Barcelona no tienen agua de esta clase.
Bebió dos vasos y quedó satisfecho, aún sudaba por el esfuerzo de la caminata.
—Es un caserón muy bonito y típico de la zona— dijo Pelayo.
—¿Lo quiere usted ver por dentro?
—Si no es inconveniente sí, soy contratista y restaurador de casas rurales, y la verdad, me interesa, sí.
Pasaron dentro sin mediar más palabras, cuando Pelayo cerró la puerta de golpe.
—¿Qué hace usted?
—Vieja zorra, llevo años buscándote, y al fin te encuentro.
Los niños se asustaron y corrieron a regazo de su abuela.
—¿Quién eres y qué quieres?
—Soy Pelayo como te he dicho, asesina, y he venido a vengar la muerte de mi familia, hace muchos años.
—No sé de qué me hablas, ¡vete de aquí!
—No, he dedicado mi vida a encontrarte, y al fin podré vengarme.
—Entiendo… —Dijo suavemente Teresa.
—¿Qué entiendes, asesina?
—Quizás buscas algo que yo tengo, y si prometes marcharte, te lo daré.
—¿De qué demonios me hablas, vieja?
Los niños mitraban a su abuela, ella no estaba asustada. Teresa se ririgió a la alacena encima de la chimenea.
—Aquí tengo lo que buscas…
Pelayo estaba extrañado, pero no era tonto, metió la mano en su mochila y sacó un revolver.
Teresa agarró la caja de hojalata, los niños pensaron, «el matamoscas de la abuela».
Con una rapidez espectacular, teresa sacó una vieja pistola Tovarek, la amartillo y disparó sobre Pelayo, al tiempo que éste ante la sorpresa también disparó su revólver.
Sonaron dos disparos al unísono, los niños gritaban al ver caer a su abuela con una mancha de sangre en el estómago, mientras que Pelayo cayó de espaldas con un certero disparo entre los ojos.
Acudieron en auxilio de su abuela los niños, pero ya era tarde, estaba viva pero en breve moriría sin remedio.
—¡Abuela, abuela!
—Niños, portaos bien y sed buenos, avisad a…
Murió Teresa entre los brazos de sus nietos.
Los niños entre llantos y sollozos no sabían qué hacer, estaban perdidos en una situación de mayores que les venía grande, incluso para algunos adultos lo sería.
Uno de ellos se fijó en algunos documentos y fotografías viejas que había en la caja del matamoscas.
—Mira— le enseñaba un hermano a otro.
Entre un montón de documentos muy viejos y fotografías, acertó a coger un carnet muy antiguo, con la fotografía de una bella mujer que parecía ser su abuela de joven, vestida de militar, en el lado izquierdo y, el derecho una gran estrella roja, les dejó sin habla:
EJÉRCITO DE LA REPÚBLICA
NOMBRE: Nadia Kovasevich.
NACIMIENTO: Moscú 12-03-1914
EMPLEO: Capitana (Comisario)
DESTINO: Servicio inteligencia. Barcelona
Pocos habitantes quedaban ya en él, la longevidad era inaudita allí, pero si no se producía un relevo generacional, el pueblo estaría destinado a desaparecer, y en el pueblo ya solo quedaban unas seis personas solamente.
Una de ella era la Teresa, persona que apareció sola por aquellos lares terminada la Guerra Civil española, o eso es lo que cuentan los pocos lugareños que quedan; que si venía de Barcelona, y allí se quedó a vivir.
Como cada año, Teresa esperaba la llegada de sus dos nietos, que pasaban unos días allí con ella en época estival. Costumbre que adoptó la madre —hija de Teresa —, pues el trabajo la tenía demasiado ocupada, así aprovechaba a para ver a su madre al dejar a sus hijos y después al recogerlos, y de paso descansaba unos días en soledad. El divorcio que destruyó si vida la tenía aún descontrolada.
Todo estaba preparado en el caserón de Teresa, había llenado la despensa de todo lo que a sus nietos les gustaba, las habitaciones bien limpias y con sábanas recién cambiadas con ese típico olor a lavanda que caracterizaba su casa.
Llegó el día y Luisa apareció por la entrada del pueblo con su flamante todoterreno, y en poco aparcaba frente a la casa de su madre.
Tacando el claxon, avisaba de su llegada. Teresa atenta, salió enseguida a recibirlos. Saludos, besos y abrazos de rigor. Pero las prisas de Luisa eran siempre la consigna de su vida, y en breve se tuvo que marchar.
—¿Te quedarás a comer Luisa, verdad?
—No, madre, tengo que irme enseguida, no puedo.
—Siempre vives al límite, debes vivir un poco más, hija mía.
—Madre, tengo cosas muy importantes, debo irme.
—¿Más que comer un día con tu madre?
— Sí, ¿esa madre que no me crió, que me dejó sola en un hospicio?
—Hija, algún día te contaré una historia…
—No seas hipócrita, toma, las maletas de los críos, que me marcho.
—Bien, como quieras, lleva cuidado.
—El día 15 vendré a recogerlos.
—De acuerdo, aquí estaremos, dame un beso, anda, Luisa.
De mala gana Luisa besó a su madre, a la que le llamaba madre, nunca mamá; poco afecto le tenía, nunca le perdonaría el no haber sido criada por aquella mujer de la que todos le hablaban muy bien, de lo buena y tierna que era, entonces, «porqué no crió a su propia hija»
La Alegría entró en la casa, Teresa ya tenía por fin a lo que más quería en esta vida, y era perfectamente consciente de que debería aprovechar cada momento al máximo, la vida se terminaba, y la edad no perdona a nadie. Además los niños ya tenían una edad para entender mejor el mundo de los adultos, y ese año sería muy revelador para ellos, Teresa les contaría la verdad sobre su vida.
Hasta su hija desconocía la historia de su madre, por su propia seguridad le dijeron en su día; de eso hacían ya muchos años. Una lástima el no poder haber criado a Luisa ella misma. Quizá su hubiera sido más valiente —Y arriesgarlo todo — ahora tendría el amor de su hija, cosa que siempre le estuvo castigando dolorosamente su corazón.
Comieron un buen asado de cordero, que en el horno de leña desde bien temprano había preparado Teresa.
Mientras comían los niños le hicieron la pregunta de rigor —cómo todos los años— a su abuela.
—Abuela, ¿qué hay en esa caja de hojalata que hay encima de la repisa de la chimenea?
—Un matamoscas—respondía siempre ella, —Pero sabéis que no la podéis tocar, es peligroso para los niños.
—Sí abuela, somos obedientes y nunca lo hemos tocado.
—Lo sé, además, aunque lo intentarais, no podríais.
Tras esto, se dispusieron a descansar de la comida en el porche de la casa, bajo un tejado soportado por una vigas de madera más que robustas.
Extrañamente por el camino que accedía al caserón vieron aun persona, que venía andando con una mochila a la espalda, Teresa se extrañó.
Alcanzó la puerta de la casa y se dirigió a ellos:
—Buenos días, ¿Tendrían la amabilidad de darme un poco de agua?
—Por supuesto, ¿de dónde viene?, es extraño ver gente por aquí.
—Soy senderista y esta zona no la conozco.
—Pase, pase y siéntese a la sombra del porche, que hace un día caluroso.
—Por cierto, me llamo Pelayo, y soy de Barcelona.
—Encantada, soy Teresa, y estos son mis nietos, de 12 y 14 años, todos unos mozos ya como podrá ver.
Se sentó Pelayo en una silla que dispusieron los niños, mientras Teresa entró en la casa a por una jarra de agua fresca.
Al salir, Pelayo charlaba con los niños relajadamente, cosa que hizo sentirse más segura a Teresa.
—Tome usted un vaso y agua muy fresa del manantial que tenemos en el pueblo, en Barcelona no tienen agua de esta clase.
Bebió dos vasos y quedó satisfecho, aún sudaba por el esfuerzo de la caminata.
—Es un caserón muy bonito y típico de la zona— dijo Pelayo.
—¿Lo quiere usted ver por dentro?
—Si no es inconveniente sí, soy contratista y restaurador de casas rurales, y la verdad, me interesa, sí.
Pasaron dentro sin mediar más palabras, cuando Pelayo cerró la puerta de golpe.
—¿Qué hace usted?
—Vieja zorra, llevo años buscándote, y al fin te encuentro.
Los niños se asustaron y corrieron a regazo de su abuela.
—¿Quién eres y qué quieres?
—Soy Pelayo como te he dicho, asesina, y he venido a vengar la muerte de mi familia, hace muchos años.
—No sé de qué me hablas, ¡vete de aquí!
—No, he dedicado mi vida a encontrarte, y al fin podré vengarme.
—Entiendo… —Dijo suavemente Teresa.
—¿Qué entiendes, asesina?
—Quizás buscas algo que yo tengo, y si prometes marcharte, te lo daré.
—¿De qué demonios me hablas, vieja?
Los niños mitraban a su abuela, ella no estaba asustada. Teresa se ririgió a la alacena encima de la chimenea.
—Aquí tengo lo que buscas…
Pelayo estaba extrañado, pero no era tonto, metió la mano en su mochila y sacó un revolver.
Teresa agarró la caja de hojalata, los niños pensaron, «el matamoscas de la abuela».
Con una rapidez espectacular, teresa sacó una vieja pistola Tovarek, la amartillo y disparó sobre Pelayo, al tiempo que éste ante la sorpresa también disparó su revólver.
Sonaron dos disparos al unísono, los niños gritaban al ver caer a su abuela con una mancha de sangre en el estómago, mientras que Pelayo cayó de espaldas con un certero disparo entre los ojos.
Acudieron en auxilio de su abuela los niños, pero ya era tarde, estaba viva pero en breve moriría sin remedio.
—¡Abuela, abuela!
—Niños, portaos bien y sed buenos, avisad a…
Murió Teresa entre los brazos de sus nietos.
Los niños entre llantos y sollozos no sabían qué hacer, estaban perdidos en una situación de mayores que les venía grande, incluso para algunos adultos lo sería.
Uno de ellos se fijó en algunos documentos y fotografías viejas que había en la caja del matamoscas.
—Mira— le enseñaba un hermano a otro.
Entre un montón de documentos muy viejos y fotografías, acertó a coger un carnet muy antiguo, con la fotografía de una bella mujer que parecía ser su abuela de joven, vestida de militar, en el lado izquierdo y, el derecho una gran estrella roja, les dejó sin habla:
EJÉRCITO DE LA REPÚBLICA
NOMBRE: Nadia Kovasevich.
NACIMIENTO: Moscú 12-03-1914
EMPLEO: Capitana (Comisario)
DESTINO: Servicio inteligencia. Barcelona
lunes, 11 de julio de 2016
CONVERSACIÓN DE BERNARDO GÁLVEZ (1781). SIN DESPERDICIO.
Conversación de Bernardo Gálvez con el capitán criollo Francisco de Miranda en 1781, antes de convertirse en unos de los lideres de la independencia.
"Y algo más, antes de que os retiréis: no son los sediciosos de Venezuela ningunos libertadores; los primeros libertadores que tuvo América fuimos nosotros, pues la liberamos de las ataduras de la esclavitud que unos indígenas mantenía sobre otros indígenas… ¿o acaso desconocéis que las diferentes tribus de Méjico pagaban tributos de sangre a los Aztecas?. Nosotros hemos traído la civilización a América, hemos fundado universidades y hemos procurado educación para todos, sin discriminaciones de raza… Es más, la sangre de España circula por las venas de muchos americanos, porque nos hemos fundido con sus pueblos, y jamás hemos pagado por cabellera india alguna como lo han hecho franceses e ingleses en Norteamérica. Ved las calles de las ciudades hispanoamericanas; hay indios, hay mestizaje… Hay españoles, hay de todo; ¿acaso hemos exterminado alguna raza?. Y no os engañéis: hemos, es cierto, traído involuntariamente enfermedades europeas, pero también hemos llevado enfermedades americanas a Europa. Vos mismo, criollo que sois, pertenecéis a los Reales Ejércitos y podréis ascender hasta donde vuestros talentos os conduzcan… Pero tampoco os equivoquéis: España castigará con mano dura a quien intente traer revoluciones a un continente que ha permanecido pacífico trescientos años. Podéis marcharos”.viernes, 8 de julio de 2016
¡MALDITA!
Ya no hay trato,
juramos una cosa,
y ante tu trato,
te calé, tramposa.
Tus lágrimas crean,
sangre en mi corazón,
y por esa razón,
me aguijonean.
Vete de mi vida,
vete ya,
pues ante tu huida,
mi corazón sanará.
Bruja maldita,
embaucadora de amor,
fuera de mi vida,
por favor.
Y si así no fuera,
que desde mi tumba,
veáis como mi alma,
se derrumba.
Pero que la tuya corra,
en el infierno,
maldita zorra,
por defraudadora.
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